José Vázquez Orge (Fundador de la Peña Rubisón)

En plena cuna de la Sierra de Huelva, en el pueblo de Cumbres Mayores, un 22 de Febrero por el año 1929, nací yo, José Vázquez Orge, hijo de Lorenzo Vázquez, al que llamaban Rubisón por el rubio de sus cabellos y de Mercedes Orge, a la que llamaban la Blanca, por la blancura de su piel.

Fui el segundo en nacer, me precedía mi hermana Patrocinio y posteriormente a mí, mis hermanas Natividad y Carmen.

Vivíamos en una humilde casa, al final de la calle San Diego, con mis abuelos y mis tíos, Félix y......,.  Los designios de la época en las que nos tocó vivir, hicieron que a mi padre, que por aquel entonces tenía un pequeño negocio, le dejaran a deber dinero, que al reclamarlo se convirtió en sangre. Las libertades justicieras de aquel momento lo levantaron a las 6 de la mañana y lo fusilaron a varios metros de la salida del pueblo.

Con tan solo 11 años, y una infancia muy querida y recordada de mi pueblo, el terror de la escasez llegó a mi casa y, junto con mi madre y mis hermanas, nos vinimos a vivir a Huelva, buscando cobijo en casa de mi tía Ramona y su familia.

 

Tiempos duros nos venían y tanto mi madre, como yo mismo, tuvimos que trabajar bastante duro en todo aquello que nos salía: cargando mineral, construyendo parte de los ferrocarriles..., hasta que el deber a la patria me llamó y, entre los 18 y 20 años, me mandaron a hacer la mili en Infantería de Caballería, algo que agradecí enormemente puesto que amaba a los caballos y las bestias y ese color a sentimientos que añoraba de mi tierra.

Unos ojos negros me hicieron casarme con Doña Antonia Arroyo, una mujer que me acompañó durante su corta vida, dando a su paso 11 hermosos hijos: Antonia, Josefa, José, Reyes, Mercedes, Lorenzo, Rafael y Ángel... y otros de ellos que llevaré en el alma aunque no pude disfrutar de ellos Dios sabe el porqué.

A todos les inculqué el cariño de mi tierra, la belleza de sus paisajes y sus gentes, tal era mi amor por este pueblo, que como último viaje de mi compañera, la llevé a visitar a Nuestra Señora de la Esperanza, para dar gracias a la virgen de la familia tan hermosa que me había otorgado; nuevamente la vida nos da parones y enviudé con 40 años quedándome con mis hijos a  la deriva.

El trabajo tenía que ser constante, salía de trabajar en el Puerto y me iba cuando podía a vender agua con mi burro y sus cántaras, muchas bocas que alimentar y mucha responsabilidad de por medio.

Sacaba como capataz los pasos de Semana Santa en Huelva, el Señor del Calvario, algo que me reconocieron como pionero a lo largo de los años, y me adentré poco a poco metiendo la cabeza en ser el Jefe de Areneros en la Plaza de Toros de La Merced en Huelva, mis toros, mis vaquillas, mi pueblo...

El camino de la vida no estaba hecho para andar solo y, por el año 1974, contraje segundas nupcias con Doña Mercedes Garrido, acogiendo como mío a su hijo Manuel. Una compañera que me siguió hasta el final de mis días, a quien hice partícipe de la cuna de mi nacimiento y de sus gentes.

La dura vida de trabajo resintió mi salud, dejándome una bronquitis crónica y alejándome de la vida laboral con tan solo 59 años, y entonces sí fue el momento de poder regresar y cumplir el sueño que tenía en mente. Compré una casa en Cumbres Mayores, en la calle la Amparo, con mis hijos y esa fuerza que me salía en los ojos, logré crear nuestro pequeño mundo en el pueblo, Los Rubisones, unos recuerdos vagos de mi niñez que tenía clavados en el corazón y un Corpus Christi , aquí comienza un nuevo camino, en 1994 con la puesta de alegría de las fiestas,  con camisetas blancas y sombreros de paja, aquello causó un cosquilleo en nuestros cuerpos que poco a poco creció al año siguiente convirtiéndolo oficialmente en la primera Peña de este noble pueblo, La Peña Rubisones.

Con enorme respeto, con sabiduría y el saber estar, año tras años cada vez fue invadiendo más el acercamiento de todos ellos en las fiestas, añadiendo un año un pañuelo al cuello y una gorrilla verde, en honor a Nuestra Virgen de la Esperanza, con canciones y coplillas y compartiendo eso sí, toda la cultura de este pueblo, sus costumbres, su gastronomía, que puedo yo decir de mi tierra...y poco a poco ellos, ya eran parte también de ella, glorificándonos 10 años después con una placa conmemorativa por ser la primera entre tantas como después despertamos.

Tenía que dejar mi pequeña huella en ellos, donde todos fuéramos uno y ese uno sería la Peña,  mi familia cada vez más completa: con mis yernos y nueras, con mis nietos y nietas y hasta mis biznietos y todos aquellos que sienten lo mismo que yo siempre he sentido, aquí os dejo el legado de mi historia y el amor a mi Cumbres Mayores.

  

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